
Entré en aquella pequeña clase, pero que tenía hasta una biblioteca, un supermercado y varias estanterías con juguetes. Me senté junto con los demás y la maestra, doña Angelita (de la cual guardo un grato recuerdo, aunque fuera ella la que me dijera que no existían los Reyes Magos), me presentó a los demás. Al salir al patio se me acercó una niña menudita, con gafitas, que me invitó a jugar con ella.
18 años después, este sábado pasado, invité a esa niña pequeña con gafitas a comer a mi casa. Reyes, convertida en toda una mujer, sigue siendo mi mejor amiga. Parece mentira, llevábamos casi un año sin vernos (que ya nos echamos la bronca y quedamos que no lo volveríamos a hacer), y parecía como si hubiese estado ayer con ella. Nuestra conversación fue muy fluida y entre risas. Para variar estuvimos recordando viejos tiempos, cuando les tirábamos bolitas de los árboles a los otros, cuando hacíamos rabiar a su hermana pequeña, cuando jugábamos al escondite y nos escondíamos justo en el lugar que habíamos dicho que no se podía, la primera vez que nos maquillamos para ir a la disco, cuando fuimos quintas del pueblo, nuestro primer chico, nuestras locuras... miles de cosas que hemos vivido juntas y que ninguna de las dos parece querer olvidar aunque nuestras vidas hayan tomado caminos totalmente diferentes. Caminos que de vez en cuando se vuelven a unir y parece como si caminasen de la mano paralelos uno al otro, para volver a unirse de vez en cuando con total facilidad. Pues en pocos minutos nos pusimos al día de nuestras emocionantes vidas y nos introdujimos en ellas.
Los amigos van y vienen pero los verdaderos siempre están ahí aunque no los veas. Es el caso de Reyes y yo. Gracias Coco, te quiero mucho!! Y espero que esta amistad dure siempre.